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Economía Social de Mercado: visión política DR. RAFAEL (WARRY) SÁNCHEZ 19 Feb 2014 Visto: 2125 Economía Social de Mercado: visión política Dr. Rafael (Warry) Sánchez 3ra Semana Social Católica (2 de febrero de 2014) Buenos días amigos y amigas: ante todo quiero agradecer la invitación que me hiciera el ingeniero Helio González a participar en este prestigioso panel y en este importante tema de la Economía Social de Mercado, meta de la Unión Europea, cuyos fundamentos se contemplan en los "objetivos del milenio" de Naciones Unidas. En los últimos días hemos podido ver, tanto en los periódicos como por televisión y radio y en todos los idiomas, una controversia sobre la Encíclica “La alegría del Evangelio” del papa Francisco. Lo han llamado comunista, marxista, que está de acuerdo con la teología de la liberación, que está llevando a la Iglesia a un precipicio y así podemos seguir un buen rato repitiendo las cosas que se han dicho o escrito y lo único que ha dicho el papa Francisco es repetir lo que dicen los evangelios, lo que dice la doctrina social de la Iglesia tanto en las Encíclicas como en los documentos de las diferentes conferencias episcopales, en el caso de América Latina tenemos a Puebla en 1979 y Aparecida en el 2007 y en el caso de Cuba tenemos el ENEC (Encuentro Nacional Eclesial Cubano),celebrado en febrero de 1986, las cartas pastorales “El amor todo los espera” en septiembre de 1993 y “La esperanza no defrauda en septiembre del 2013. La Iglesia siempre ha hablado y su mensaje va dirigido para todos los que quieran oírlo. Lo que no se puede pedir es que la Iglesia (como institución) tenga una acción política, se conduzca como un partido político. Para eso estamos los miembros de la Iglesia, hombres y mujeres de buena voluntad y con deseos de llevar a plenitud el mensaje que nos compromete a trabajar. La Iglesia es la casa de todos y todas, no importa a que ideología pertenezcamos. Basada en todas estas enseñanzas nació la Democracia Cristiana como una corriente política alternativa al capitalismo por un lado y al comunismo por el otro como polos opuestos en el momento en que Europa se encontraba devastada en el período de la postguerra. Sus grandes líderes fueron Konrad Adenauer en Alemania, Robert Schuman en Francia y Alcides de Gásperi en Italia pero es en Alemania donde ese movimiento surge con más fuerza que en otros países europeos y poco tiempo después surge también en nuestra región, América Latina. Esa corriente política debía y tenía que implementar una política económica acorde a sus principios del humanismo cristiano. En ese momento la corriente económica más significativa era el liberalismo de las generaciones de las dos guerras mundiales y su cuna era la llamada Escuela de Friburgo en Alemania al frente de la cual se encontraba su máximo exponente Frederick Hayek el cual se convirtió en uno de los críticos más extraordinarios del socialismo y del Estado de Bienestar y fue un luchador intrépido por una sociedad libre. La Economía Social de Mercado nace como una política económica alternativa a lo que existía en ese momento: la economía de mercado liberal y la economía centralizada, planificada y colectivista. En esta alternativa se unía el “principio de la libertad con el principio de la compensación social del mercado”. La primera vez que se usó el término de Economía Social de Mercado fue en la década de los cuarenta y uno de sus principales ponentes el economista alemán Alfred Müller-Armack en 1947. El consideraba que la manera más eficiente de organizar una sociedad era a través del orden generado por el mercado en un marco institucional pero consideraba que eso sólo no bastaba para crear un orden ético y por ello decía que el Estado debía tener una política social. A él se le atribuye la frase “no queremos hacer más pobre a los ricos sino más ricos a los pobres”. Este concepto de la ética en la economía y la incorporación de los principios y valores de la Doctrina Social de la Iglesia sirvieron de marco a la política alemana y a través del mundo por los demócrata cristianos. Hayek mantenía una estrecha relación intelectual con los llamados “padres fundadores” de la economía social de mercado, es decir con Wilhelm Ropke, Walter Eucken y Ludwig Erhard y el propio Müller; sin embargo, criticó de manera agria lo que él llamó la vaguedad del término “social”. Estos “padres fundadores” se dieron a la tarea de humanizar la economía y se opusieron tanto a la economía de mercado como a la economía colectivista planificada y obligada del sistema totalitario. A la primera porque engendraba y daba rienda suelta a los organismos económicos que marginaban al desposeído y la segunda por su evidente falta de libertad y por su obligatoriedad. En Alemania los gobiernos tanto demócratas cristianos como los social demócratas han mantenido esta política económica pero los primeros en llevarla a cabo fueron los demócratas cristianos sobre todo en el diseño subsidiario del ordenamiento social y laboral en la República Federal de Alemania. A partir de 1949 la Economía Social de Mercado se dio a conocer a través del programa electoral de la CDU (Partido Demócratacristiano alemán). Ludwig Erhard y el partido tomaron las decisiones que permitieron la rápida reconstrucción de Alemania occidental después de la guerra con pleno empleo y un nuevo orden social. Ludwig Erhard es el verdadero “implementador” de esta Economía Social de Mercado primero cuando inmediatamente después de la guerra fue designado por los Aliados como Director económico en dos regiones (Alemania estaba dividida en cuatro regiones) y posteriormente como Ministro de Economía en el gobierno de Konrad Adenauer. Otro que fue principal promotor del término Economía Social de Mercado en Austria fue Reinhard Kamitz. Esta Economía Social de Mercado en Alemania tiene dos fuentes intelectuales: 1.- discusión científica 2.- Doctrina social de las iglesias católica y protestantes. La científica se basa en la Escuela de Friburgo también llamada ordoliberal y tiene tres pilares fundamentales: 1.- competencia de mercado libre. 2.- propiedad privada. 3.- libertad de contrato. Su contrapeso radica en la segunda fuente intelectual, la doctrina social de las iglesias católica y protestantes. Esto se sintetiza en la siguiente fórmula: Tanto mercado como sea posible para fortalecer la iniciativa privada, disposición al rendimiento y las responsabilidades hacia sí mismos de los individuos y tanto Estado como sea necesario para garantizar la competencia y el ordenamiento social del mercado. Un orden económico aceptable para la mayoría de la población no cae del cielo sino es el resultado de una larga experiencia práctica y de la condensación de muchas ideas. Este orden debe dar un claro marco para todos los actores: Estado, empresarios, sindicatos (con sus diferentes sectores productores y de servicios), organizaciones independientes, consumidores y ahorrantes, mediante reglas claras y transparentes. La Economía Social de Mercado experimenta una evolución de acuerdo a las necesidades nacionales y continentales, sobre todo a partir del proceso de la globalización. Es evidente que la Economía Social de Mercado actual en Alemania no es la misma de la década de los 40’s, de los 60’s ni de los 80’s. Uno de sus principales cambios es la adición del término ecológico a la misma es así como en la década de los 80 con la creciente discusión y conciencia ambiental y el debate sobre el mismo y a partir de la crisis del petróleo en 1977, se adopta el nuevo nombre de Economía Social y Ecológica del Mercado. Surge en el mundo una preocupación por el medio ambiente sobre todo para conservar el mismo para el disfrute de generaciones futuras y vemos aparecer no sólo en Alemania sino en diversas partes del mundo a los partidos “Verdes”. Esto fue denunciado por algunos como una medida electoralista sin considerar por aquellos que lo criticaban que este concepto adicional de sustentabilidad ambiental está sujeto a los principios del mercado. Yo diría que un gobierno que combata la corrupción, el narcotráfico, la pobreza, respete los derechos humanos y además promueva la conservación ambiental sería ideal independientemente de su ideología. En el caso de los Estados Unidos hay que decir que no ha firmado el Tratado de Kioto. Hay algo fundamental en la filosofía de la Economía Social de Mercado y es el de garantizar la libertad individual y esto se refleja políticamente en la vigencia de un régimen democrático que respete la división de poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Además de asegurar la libertad de expresión, el control del gobierno por parte de los ciudadanos a través el sufragio libre y universal, el respeto a las minorías y su derecho a disentir, la seguridad individual, la participación, la solidaridad. En relación con la solidaridad quisiera hacer una pequeña reflexión. Recuerdo a un amigo muy querido por muchos de los aquí presentes, Juan Woods, y que cuando venía a Miami se hospedaba en mi casa. El fue presidente de la Juventud Obrera Católica (JOC) en Cuba y algunas veces llegaban las horas de la madrugada y nos encontraba debatiendo y analizando conceptos como la solidaridad y él me decía y con mucha razón que la solidaridad no era una limosna sino una compenetración muy fuerte entre los seres humanos y es que la solidaridad implica la búsqueda de métodos para lograr la mayor equidad posible a través de fondos propios de la población legalmente suscritos o voluntarios. Hay que reconocer que las posibilidades de la vida no están distribuidas de forma equitativa. Hay fuertes y débiles, sanos y enfermos y las necesidades básicas entre ellos son muy diferentes. La solidaridad sin embargo no debe significar que algunos saquen provecho del sistema perjudicando a los demás que se comportan de acuerdo a él. Por esto elementos como el seguro obligatorio (de salud, pensiones y desempleo) o el llamado contrato entre generaciones son elementales ya que sin solidaridad entre generaciones no se puede practicar justicia social en una sociedad industrializada. Así los trabajadores y empleados activos tienen que mantener a los niños, a los ancianos y a los enfermos que no tienen la posibilidad de ganarse la vida por propios medios. Ahora me gustaría pasar a nuestra realidad, a nuestro hemisferio, a nuestra América Latina y el Caribe, a nuestra región. Los desafíos de las sociedades latinoamericanas son múltiples pero se pueden centrar en: 1.- lucha contra la pobreza. 2.- consolidación de la democracia. Para lograr esto se requiere la implementación de políticas económicas y sociales que sean correctas, eficientes y humanas. Esto constituye una condición esencial para avanzar en la eliminación de la pobreza y la profundización de la democracia. El dilema es determinar cuál es la mejor política económica para América Latina. La región ha experimentado modelos neoliberales y esquemas populistas con fuerte raigambre estatal. Ninguna de estas ha permito avanzar en los dos objetivos centrales ya planteados. La pobreza ha aumentado en la mayoría de los países del continente y la democracia está tensionada y exigida. Sabemos que el mercado es un instrumento indispensable y a partir de ello conocemos que existen distintas economías de mercado. Estamos conscientes que la economía más viable y eficiente es la economía social y ecológica de mercado, la cual, en su versión latinoamericana se conoce como aquella caracterizada por el crecimiento con equidad, podemos estudiar y analizar los éxitos logrados en algunos pocos países en la superación de la pobreza. Las dificultades para revertir las tendencias en materia de distribución del ingreso, los intentos para trabajar en una economía de libertad y desarrollo frente a los diversos cambios contingentes y a los avances en la modernización del Estado y en las políticas pro igualdad de oportunidades, las experiencias en políticas sociales debidamente focalizadas y eficientes, vamos ser capaces de brindar ese aporte tan exitoso del que hemos estado hablando y sobre todo lo extenderíamos y aplicaríamos con rigurosidad a ese futuro que se vislumbra en Cuba y, quizás, podamos evitar que caiga (como cayó la antigua URSS, hoy Rusia) en esa mezcla de Neoliberalismo y mafia que hoy lamentablemente presenciamos. Permítanme una pequeña anécdota al respecto. A fines de 1998 el famoso financiero norteamericano, de origen húngaro, George Soros, publicó un libro “La crisis del capitalismo global”. Soros se proclamó partidario de los mercados abiertos de capitales y al mismo tiempo de instancias que pusieran freno a las transacciones especulativas para evitar que el desorden financieros y sus secuelas desastrosas acaben por suscitar en los ciudadanos nostalgias por los dictadores que intentan restablecer mediante medidas crueles y opresivas un Estado que no funciona. Interrogado sobre su poco feliz presencia como inversionista en Rusia explicó que participó en proyectos de ese país porque creyó que el gobierno iba a hacer la transición de un “capitalismo de ladrones” a un “capitalismo genuino”. El entrevistador le preguntó que como podía reconciliar sus actividades financieras con sus preocupaciones éticas. Soros respondió que es preciso distinguir entre 1) competir mediante una serie de reglas existentes y 2) el proceso de formular y mejorar esas reglas. Aclaró: “cuando se trata de formularlas me guía un interés común – cuando se trata de competir me guía mi propio interés”. Para América Latina y el Caribe que han sufrido, como vimos anteriormente, las devastadoras consecuencias del neoliberalismo por un lado, del populismo por otra y del colectivismo planificado materialista por otra, y frente al diagnóstico de inequidad, desigualdad y exclusión la democracia cristiana busca en sus planes de gobierno la humanización de los procesos. Se trata de crear comunidades de hombres y mujeres libres, capaces de determinarse por sí mismos y con una verdadera realización personal y de revitalizar y revalidar los conceptos de solidaridad y comunidad, fortalecerlos e integrarlos en nuestro estilo de acción política. Juan Pablo II nos habló de una “Cultura de la Solidaridad” la cual debe comprender a todos los miembros de una comunidad generando un flujo de apoyo mutuo que contribuya a garantizar el bien común de los grupos autónomos y funcionales pero también de la gran comunidad global. Por eso creemos que nuestra acción primaria está ubicada en el medio que vivimos. En nuestro caso vivimos en Hialeah, en Miami, en Cayo Largo y en cada uno de ellos es donde desarrollamos nuestras actividades; después todo eso compone el sur de la Florida, luego el Estado de la Florida y por último el gobierno federal de los Estados Unidos. En cada una de esas instancias tenemos que realizar nuestras tereas como miembros de las diferentes comunidades, participar, votar en las elecciones, ser unos miembros útiles, activos y participativos, preocuparnos por nuestro entorno. Después cada uno de nosotros viene de países diferentes, la mayoría de los aquí presentes de Cuba. También allí debe llegar nuestra acción, con nuestras familias, amigos, barrios, comunidades parroquiales. Nuestra visión tiene que ser más amplia. No me quiero extender más y así poder cumplir con el tiempo que nos hemos puesto pero quiero volver al sitio donde comencé, a las palabras de Francisco en la encíclica “la alegría del evangelio” y voy a leer para no interpretar: “Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes». (53) En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.” (54) Hemos escuchado las palabras del papa Francisco que nos llaman a la acción. Nos dice que estos sistemas económicos imperantes no sirven, que tenemos que acabar con la inequidad y la exclusión. La democracia cristiana ha probado tener una buena política con la Economía Social y Ecológica de Mercado. Cuando estudiamos las posibilidades en cada país hay que ver su realidad y la mejor forma de aplicarla. En las próximas charlas tendremos una visión más completa desde la sociedad y desde la propia economía. Quiero dejarlos con este pensamiento: los demócrata cristianos aspiramos al poder con una sociedad plural y solidaria; con una democracia representativa y participativa, donde se respete la dignidad de la persona humana, se promueva el bien común para lograr la justicia social y se implemente una economía social y ecológica de mercado. Muchas gracias

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