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 Señales para avanzar

 

Sic766-portada1Editorial de la Revista SIC 766. Julio 2014.

 

Estamos empantanados, el diálogo se ha congelado. Quienes gobiernan, los del establishment, no dan señales claras de una voluntad política con vocación democrática para emprender un proceso de diálogo sincero que ponga en el centro los grandes desafíos que afrontamos los venezolanos, y se cristalicen acuerdos de gobernabilidad que posibiliten la reconstrucción de la República. Antes por el contrario, cada vez más se desdibuja la autonomía de los poderes públicos, convirtiéndose en antenas repetidoras del Ejecutivo y de los distintos intereses de las élites del partido del statu quo (PSUV) y La  Fuerza Armada Bolivariana (FAB).

Se percibe un resquebrajamiento de la unidad del oficialismo, al parecer consecuencia de un conflicto interno entre caudillos por el control del proceso revolucionario; un conflicto de elites que produce pactos endógenos donde se reparten cuotas de poder y, que a su vez, sabotea el proceso  de conversaciones con la oposición y otros sectores de la sociedad. Las paradojas expresas en el discurso presidencial son señales que hacen sospechar que el jefe de Estado está atado a la complacencia de los distintos bandos internos. Nos preguntamos ¿cuál es el poder real de decisión que tiene el ciudadano  presidente  señor Nicolás Maduro? Esto es un enigma. 

Mientras tanto, aún estamos bajo los efectos de la convocatoria a la salida. Una atmósfera enrarecida de la que el Gobierno pretende sacar provecho culpabilizando, incluso  a los que protestan de manera legítima, de obstaculizar el desarrollo del país. La salida ha sido una buena cortina para tapar las divisiones internas dentro del chavismo y un buen motivo para amalgamar ante un enemigo externo las fuerzas revolucionarias. Los de la resistencia, como se han autodenominado, contribuyen a mantener un clima de zozobra augurando en cualquier momento un desenlace que ni siquiera ellos conocen.  Sus históricas relaciones con sectores del Partido Republicano de Los Estados Unidos y del uribismo colombiano, no los acreditan ante el pueblo como auténticos demócratas.

Dada la hegemonía comunicacional y el control informativo por parte del Gobierno, no está clara qué agenda tienen los actores políticos que decidieron ir al diálogo; solo contamos con sus declaraciones cubiertas por algunos medios impresos aun no coartados, ni comprados por el Gobierno.  Lo cierto es que tienen a las grandes mayorías de espectadores de una obra en la que no tienen ni información, ni un rol protagónico, porque no han acertado con un trabajo político de calle, cara a cara.

Es indiscutible que hay varias tendencias dentro del Gobierno y de la oposición. Cada una con su correspondiente guión. En la oposición se ven al menos dos: una, la tendencia que representa lasalida es la calle y más calle (Voluntad Popular); dos, la tendencia que se decanta por la vía electoral y constitucional acompañando las protestas y reclamando la liberación de los presos políticos (MUD). Mientras ambas tendencias se devanan los sesos interpretando las tácticas del Gobierno, se desplaza la tarea de repolitizar las calles y los barrios con una propuesta auténticamente democrática, de largo aliento y de no violencia activa.

En el Gobierno se nota, en primer lugar, la continuidad de una fuerte tendencia al máximo control político, con una política de Estado que raya en la seguridad nacional y que aspira vencer definitivamente a la oposición. En esta tendencia se agrupan los que, en nombre del pueblo al que dicen no van a traicionar nunca, no valoran el diálogo como medio efectivo para lograr acuerdos en beneficio del país (se vio en el evento televisado y han continuado en las reuniones posteriores). Su objetivo es conseguir un mínimo reflotar económico a costa de seguir hipotecando a la nación. No dan señales de querer rectificar. No aceptan convocar a los diversos sectores de nuestra sociedad para sumar fuerzas frente a la escasez, la inflación, el desabastecimiento, la inseguridad en los barrios y la falta de insumos para la producción de bienes básicos. Al contrario, se empeñan en cerrar filas en torno al poder y los jugosos negocios.

Otros en el Gobierno, los más críticos, voluntariosos y fieles al legado de Chávez ven el peligro económico pero quieren conjurarlo dentro del mismo esquema de pensamiento y acción que lo ha producido: socialismo rentista de Estado. Y algunos más fundamentalistas, movilizados y siempre dispuestos a dar su vida por amor a la patria.

¿Cuál de estas tendencias con sus respectivas agendas que están en marcha va a resultar exitosa? Para nosotros está claro que la única agenda importante es la que tenga como centro el diálogo y la reconciliación del país. Esa agenda requiere de todos los apoyos para que no sea desplazada por quienes dentro del Gobierno y de la oposición no la quieren.

En este sentido no ayuda a la tranquilidad que se necesita para pensar, dialogar, acordar y negociar, el lenguaje encendido del Presidente ni las declaraciones y acciones represivas frente a los reclamos estudiantiles. Tampoco ayuda la política de asfixia contra los medios informativos ni el control de la información que deberían suministrar importantes instituciones como el BCV sobre la inflación, o Pdvsa sobre la realidad del destino de la renta petrolera, o el Ministerio de Educación sobre cuántos docentes tenemos y cuántos necesitamos para cumplir con el reto que tiene el país de tener realmente una educación de calidad a la altura del tiempo. Mucho menos ayuda la militarización, las políticas de seguridad nacional y el uso de estrategias paramilitares para conservar el poder.

El llamado al diálogo continúa en suspenso en medio de suspicacias y escepticismos. No es fácil creerle al Gobierno su real disposición a dialogar mientras no se den señales concretas de rectificación. El Gobierno tiene mayor responsabilidad en la grave situación del país y se espera que tome decisiones concretas que convenzan de que este llamado al diálogo es el camino correcto y tiene futuro.

Sobre todo tiene que comprometernos en la transformación del país con realismo, conscientes de que lo que tenemos por delante es sumamente complicado y exigente. Nada de lo que está planteado en política o en economía se resolverá mágicamente, en un abrir y cerrar de ojos, ni a fuerza de apretar los dientes, sino con personas, grupos y organizaciones que tomen las riendas del país con la determinación de hacerlo mejor.

Las encuestas nos hablan de un país que está descontento con la gestión presidencial.  La realidad económica sigue apretando y no se ve que el Ejecutivo quiera rectificar.

Mientras tanto la mayoría se las ingenia para resolver su vida cotidiana. En lo social la violencia ya no nos sorprende, sino que se ha vuelto cotidiana. Por ejemplo, anda suelta en motos que van por las aceras. La hostilidad es creciente y su saldo de muertos aumenta. Así, los venezolanos se ven arrinconados cada vez más en sus sectores y en sus viviendas desde tempranas horas de la noche. Se van encerrando en sí mismos, vamos dejando de hablar, de razonar y de argumentar, de ceder al sentido común. Ya cualquier reclamo es un peligro de muerte. Y no se ha terminado de salir del impacto de un hecho violento, cuando ya se está en otro más cruel que anestesia e inhibe las respuestas. La forma de dirimir nuestros conflictos cotidianos ya es un relato fúnebre. ¿Dónde quedaron los planes de seguridad? ¿Qué ha pasado con la ley de desarme?

En estos momentos de crispación nacional es muy importante retomar los usos propios de la política como la única forma de no entramparse en una escalada de violencia entre bandos políticos. Ya es suficiente con la devastadora violencia cotidiana como para sumarle la represión de los organismos del Estado y la acción anárquica de los grupos vandálicos que se aprovechan de la protesta en la calle.

La gente necesita saber quiénes son los que tienen los hilos de las actuaciones que están en curso en la escena nacional. No se consolida una ciudadanía con la constante creación de frases que al cabo del tiempo solo son muletillas que reflejan la falta de pensamiento personal, propio, y tampoco viviendo reactivamente como comentaristas de las últimas ocurrencias del Gobierno. De esta forma se envilece la gente a la que, se dice, se le ha restaurado su dignidad. Igualmente se le desconoce cuando se la tilda de ignorante y solo se espera de ella que reviente por la presión de los problemas cotidianos.

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